Halloween

Escrito por cuentosynanas 21-08-2015 en halloween. Comentarios (0)

Mi nuevo cuento se llama Halloween (o cómo mirar al cielo y coger un pergamino)

La banda sonora ya está disponible así como el audiocuento en el bandcamp de abril del 76

Espero que os guste!



Halloween fue siempre un país.

 Primero fue una aldea, hasta que poco a poco fue creciendo. Sus pequeños muros empezaron a hacerse grandes y más fuertes. Poco a poco el niño que tenía dentro se fue haciendo adulto. Y Halloween pasó a ser una gran ciudad. Con Castillos, con reyes, con reinas y con príncipes y princesas. Los sapos emigraron porque las princesas ya no querían besarlos. Buscaron otras charcas y caminos donde les pararan, les conocieran y quizá, les besaran. La magia desapareció de Halloween.

 Todo estaba gobernado, legislado y más que teorizado. Todos los habitantes se llamaban por un número de registro. El 1/54 o el 4/46...

Entre aquella falta de locura y tanta cordura, nació un bebé.

 En principio no tenía nada de especial. Lloraba como los demás, tomaba biberón y llevaba pañal como todos los demás. Pero algo le hacía especial. Era hija de una chica normal, de familia normal...pero algo le hacía especial. Vivía en una pequeña casita normal...pero algo le hacía especial.

En el registro le pusieron 345674/2345. Pero su madre la llamaba Elena María de Ares y Adriana. Eso le hacía especial.

 Menuda osadía poner nombre a una niña. Adriana (como ella quiso siempre llamarse y nadie le llamó) lo ocultaba como un secreto y como un tesoro. Estaba convencida de que, en el futuro, tener nombre, le serviría para conseguir lo que ella quisiera.

 Elena creció con nombre. En el anonimato, de paredes adentro, pero sintió su nombre como un regalo de su madre. Ella, y como un juego, a menudo llamaba a su madre Adriana y su madre Siempre le decía que bajara la voz, pero lo hacía con una sonrisa que le llenaba la cara de vida.

Elena creció sintiéndose única. Y Adriana lo sabía.

 Un día de verano, la guardia real llamó a su puerta, y se llevó a Adriana para ser juzgada. Elena la esperaba con la puerta medio abierta, esperaba que su querida Adriana volviera. Pero Adriana fue juzgada y encerrada por poner nombre a una inocente niña. Y la niña se quedó sola, con nombre, pero sola.

 Un día de invierno, aburrida de contar minutos y segundos, Elena cogió un libro de la biblioteca de su madre. Le llamó la atención su lomo grueso y añejo. En la portada se leía “Truco-Trato”. Le hizo gracia el juego de las trabadas y empezó a leer...

 “Hace muchos , muchos , muchísimos años, existió un país grande no, gigante, cuyos muros alcanzaban el cielo, las torres llegaban hasta las estrellas y los cimientos llegaban hasta el centro de la tierra. Allí vivían encerrados todos los habitantes de un país seguro. Sus gentes disfrutaban de esa seguridad como un don divino: no entraban enemigos, ni extranjeros, ni había opción de perderse por un gran bosque.

 Cuatro paredes. Todos eran felices. Vivían exactamente 60 personas felices: Vivía el rey Uno, la reina Dos, los príncipes Tres y Cuatro y la princesa Cinco. Ellos eran la considerada Monarquía,el resto hasta llegar a 59 no eran más que números más o menos felices.

 El número 60 era una niña traviesa y muy lista. Con la felicidad que la caracterizaba, salía cada mañana de su casa a dar una vuelta por el patio grande, entre las famosas cuatro paredes. Andaba mirando siempre hacia arriba, buscando entre los muros un trozo de cielo azul para disfrutar de su color.

 A veces, y con mucha suerte, podía divisar el vuelo de algún pajarillo en libertad. Lo seguía con la cabeza hasta que desaparecía tras uno de los muros de su gran castillo. Ese día fue diferente porque aquel pajarillo dejó caer un manuscrito enrollado. 

 60 lo cogió con asombro y lo abrió. En él decía lo siguiente: “Mi nombre es Truco. Soy brujo. Quieres cruzar estas paredes rudas y aburridas y correr en esta mi pradera  colorida? Sólo tienes que decir tres veces “Trato, trato, trato”.

 60 repitió en seguida las tres palabras en alto, sin pensarlo ni  dudarlo. Apareció como por arte de magia en la otra parte del muro y, delante de ella, se divisaba un gran prado verde con flores de todos los colores.

 Empezó a correr tan rápido como pudo y ha entrelazarse con las flores y con las mariposas. Después de un rato revoloteando, cayó exhausta en la yerba y miró al cielo. Ese día comprendió que el cielo era inmenso.

 Siempre había creído que los muros y las piedras eran inalcanzables,

pero al ver el cielo, se dio cuenta que no había visto nada parecido nunca. Ese día le cambió la vida.

 Una voz profunda la llamó Elena. Se giró como si de ella se tratara y, aunque jamás nadie le había llamado así, sabía que era su nombre: Elena.

 Elena, que estaba leyendo este cuento, sonrió asombrada ante esta casualidad. Primero los muros, y luego su nombre. Pero... las casualidades no existen, le decía siempre su madre.

 Elena, la protagonista del cuento, miró hacia atrás y allí estaba Truco, un brujo de cuento que le tendió la mano.

Ella le agarró fuerte y se levantó.

 -¿Cómo has conseguido que traspase la fortaleza de esos muros que me tienen presa?

 -Soy brujo, tengo mis pequeños trucos...

 -¡¡Grandes, querrás decir!!-dijo Elena.

 -Bueno depende por dónde lo mires...Para mí sólo fueron tres palabras.

 -¡Ya!, ¡¡¡pues para mí ha supuesto una nueva vida !!!-dijo Elena emocionada.

 -Elena, tenemos una misión. Debemos hacer que las personas que allí viven, miren al cielo. De esa manera todos y cada uno de ellos podrán recibir el pergamino caído del cielo y repetir las tres palabras que les hará libres.

 Elena le contestó con cierta duda.

 -Allí nadie mira el cielo porque es pequeño. Los muros son muy altos.  ¿Cómo vamos a derribar esos pesados muros? ,¿Algún truco?

 -No puedo obligar a nadie -Le dijo Truco.

 -Sólo puedo mandar señales.

 -¡Síiiii! ¿ Y qué señal vas a mandar?-Le preguntó Elena entusiasmada.

 -¿Y si encendiéramos una luz gigante y cegadora?

 -¿El sol!?-preguntó nerviosa Elena -Dicen que es una gran estrella que alumbra por las mañanas.

 -Yo pensé en una bombilla, pero ahora que lo dices, ¡es una gran idea!

 -Toma esta hoja y estos colores. Dibuja el sol encima de esas cuatro paredes y  yo haré el resto.

Pero Elena nunca había visto al sol y se lo dijo.

 -Elena, mira allí, al final, tras ese árbol frutal.

 Elena se fijó en él y se quedó con la boca abierta. Era mucho más bonito de lo que nunca había imaginado. Cogió lápiz y se puso a dibujarlo.

 Cuando acabó de dibujar todo el resplandor del sol y las cuatro paredes con las que había convivido hasta hoy, Truco acercó sus manos al dibujo y el sol empezó a moverse hasta colocarse justo encima de aquella fortaleza. El sol bajó tanto, tanto, que las personas que allí vivían quedaron deslumbradas al mirar el cielo. Todos aquellos que vivían a pie de calle salieron para quedar cegados por la inmensidad de aquella luz misteriosa y embriagadora.

 Mientras miraban hacia arriba, empezaron a caer pergaminos del cielo y cada uno de ellos fue recogiendo uno y leyéndolo en voz alta. Y uno a uno fueron desapareciendo de aquel lugar y apareciendo en el prado colorido. Todos excepto la familia real, que, como vivían entre tanta riqueza y sombra, nunca miraron hacia el sol. Aquel lugar quedó prácticamente desierto con tan sólo 5 habitantes ricos pero seguros.

 Todos los demás habitantes llegaron al prado de los colores y de las inseguridades. Y con la magia de la incertidumbre, con Elena, con Truco y con todas sus ilusiones, empezaron una nueva vida.

 Lo primero, fue ponerse nuevos nombres, y lo segundo, aprender a vivir con una sonrisa en la cara. Esa sonrisa que dibujó Elena a cada uno de ellos en su dibujo mágico.

 Elena cerró el libro y lo deslizó lentamente por las piernas. Mientras el libro caía, su cabeza empezó a interpretar la historia que había leído y buscaba una estrategia para recuperar a su madre y devolver a Halloween la ilusión y la alegría con la que empezó cuando era tan sólo una pequeña aldea.

 Entonces, escuchó una orquesta en su cabeza con sus secciones de viento, cuerdas y percusión, una marcha triunfal que la llevaba a salir de ella misma. Con esa decisión, salió corriendo por la puerta en busca del cielo. Y mirando hacia arriba, vio cómo caía, cual un paracaídas, un pergamino enrollado y atado con un lazo rojo. Alzó los brazos y lo arropó contra su pecho. En su interior una voz gritó ¡Graciassssss!! Era la voz de la desesperación que por fin, a lo lejos, podía ver la luz de la esperanza.  Aunque sabía lo que ponía el pergamino, lo leyó lentamente: "Pronuncia tres veces seguidas las palabras mágicas que te acercarán a la libertad: Trato, trato,trato"

 Pensó que aparecería  como por arte de magia en un prado verde,pero, no ocurrió nada de eso. Simplemente se dio la vuelta y tras de ella se le presentó el mago Truco. Un ancianito enjuto y alto que le acercó su mano y la cogió con fuerza.  Elena sintió cómo  la magia del mago la traspasaba. Una sensación de inmortalidad la colmó y sintió una fuerza especial que la transformó. Truco se marchó sin más. No le dijo palabra alguna. Desapareció.

 Elena corrió tan rápido como pudo dirigiéndose al castillo donde le esperaba su madre. Adriana la esperaba. Sabía que Elena la salvaría de las garras de la soberbia y la indiferencia. La esperaba en el único rincón de la celda por el que veía una pequeña ventana que le alumbraba los días lentos y aburridos. Y mientras miraba hacia arriba, un pergamino pequeño y enrollado cayó en sus manos.

 Lo abrió tan rápido como supo y leyó en voz alta: “Trato, trato, trato”. Y sin más, se vio abrazada a quien más quería: su querida y especial Elena.

Las dos esperaron un rato a hablarse. Sobraban las palabras. Ese abrazo era lo que estaban esperando desde hacía mucho tiempo. Un abrazo largo.

 

 Cuando por fin Elena pudo hablar,  dijo a Adriana:

 -Volvamos a casa!

 Adriana contestó:

 -No, espera. Aún no hemos acabado. Esto solo ha empezado.

 -¿Pero qué es lo que hemos empezado?  Ya estás fuera, eres libre. Volvamos a casa.

 -No, Elena. Hay tanta gente atrapada allá adentro, salvemos a cada una de ellas.

 -Y ¿ cómo vamos a hacerlo? -Le preguntó Elena.

 -Tú tienes el poder, tienes la magia. Seguro que sabes cómo hacerlo.

 Elena se miró a sí misma y vio que era pequeña, pero a pesar de su estatura, tenía el don de cambiar las cosas, así que se concentró y la magia que tenía dentro empezó a actuar alrededor de ella: Los muros que encerraban la gran ciudad empezaron a bajar , el sol iluminó con más intensidad que nunca Halloween, y la frialdad de sus habitantes empezó a derretirse poco a poco.

 La gente salió a las calles para disfrutar de aquella sensación de calor y empezaron a hablar entre ellos. Se reunían en las puertas de sus casas y se saludaban y poco a poco dejaron de llamarse por un número y se pusieron nombres. E inventaron las ventanas como un derecho de ver el cielo y de que el sol entrara en cada habitación.

 Y volvió la magia. Y las princesas volvieron a besar sapos, y los tronos pasaron a ser un juego de niños. Y todo ello en apenas unos minutos... Tantos años construyendo un reino y en tan poco tiempo pasó a ser un pueblo...

Adriana y Elena volvieron a casa felices, cogidas de la mano. No se separaban. Y cuando entraron en el salón de casa, Elena buscó el libro, aquel viejo libro que le devolvió la vida, para leérselo a su madre. Pero ya no estaba. Por arte de magia alguien lo hizo desaparecer. O bueno... quizá apareciera en otra casa. Puede que lo tenga alguien que lo necesite en otra ciudad o... puede que... lo tengas tú en el salón...